miércoles, 16 de marzo de 2011

EL DRUIDA DEL EMBRUJO DE LA LUNA


Primeras páginas de una nueva novela inédita
1
El druida Lour no solía mirar a su bardo más que de reojo.
No le gustaba reconocerlo, pero le conturbaba, porque a pesar de que el druida del Bosque Negro era uno de los hombres más viriles de todo el Bosque Negro, sentía hacia su bardo impulsos exasperantemente contradictorios. Había algo pavoroso en Barcher y, sin embargo, seguramente era el hombre más hermoso que había nacido jamás en el mundo y a Lour le desasosegaba la belleza sobrenatural de quien podía pasar por un hijo de los dioses y sin embargo.... Todos en el clan y, en realidad, todas, hallaban que Bacher era el hombre más seductor que podían imaginar, pero el druida Lour, cuyo poderío físico comenzaba a ser legendario entre los celtas de toda Europa a pesar de no haber cumplido todavía los cuarenta, temía mirarlo de frente sin desviar la mirada, siempre acogotado por algo que no conseguía identificar pero que al presentirlo, le producía una especie de escalofrío.
Había una luz en los ojos del bardo que no podía ser humana y su boca, exquisitamente delineada, sus labios rojos como los de una estatua de la madre Dana así como sus dientes perfectos, componían una sonrisa que podía ser angelical o más bien demoníaca, en una mueca que en muchas ocasiones parecía estar a punto de morder el cuello de quien tuviera enfrente.
Lour había adoptado la costumbre de mirar hacia el frente aun caminando a su lado y escuchándolo hablar, sin volver casi la cabeza para contemplarlo. Siempre había temido que Barcher, cuyas dotes canoras y fabuladoras eran indiscutibles, pudiera detectar su desconcierto, cosa que seguramente había debido de ocurrir alguna vez, puesto que habían crecido juntos. El destino, las determinaciones familiares, las tradiciones del bosque y el toque de la diosa habían labrado sus destinos. Que Lour llegase a druida quedó establecido a sus doce años, y que Barcher fuese su bardo se determinó muy poco después. A pesar de ello, aunque habían vivido, penado, sufrido, jugado y crecido juntos, nunca habían sido verdaderamente amigos, precisamente por la consternación que Lour había disimulado siempre, y a pesar de ello eran los más íntimos del Clan, forzados por el poder que ostentaban porque ambos compartían el mando, cada uno con la cuota de poder correspondiente a su rango.
Mientras atravesaban el bosque, conversando a ver si se ponían de acuerdo sobre qué estrategia debería seguir el clan ante las graves acechanzas que les amenazaban, un voluptuoso cuerpo femenino yacía sin fuerzas, oculto bajo las zarzas.
Era una hermosa mujer muy joven, cuyo pelo cobrizo se desparramaba sobre la tierra húmeda.
No sentía nada que pudiera reconocer ni podía darse cuenta de que pensaba, porque no recordaba qué era pensar. Ni dolor ni placer, ni un olor. Nada. Estaba suspendida en la nada sin nada alrededor. Ni la sangre fluía. Pero ¿qué era la sangre? ¿Por qué acudían a su cabeza tantas preguntas, tantas palabras que, por más que se esforzaba, no significaban nada? ¿Quién era? ¿Dónde estaba?
Despertaba de una pesadilla horrorosa, estremecedora, aunque no sabía que había sido una pesadilla ni se estremecía. Su piel y tendones conservaban las vibraciones de la oscura ensoñación, pero ella no sabía que el cuerpo se le tensaba como hierro en el yunque, porque no sabía que tuviera cuerpo.
Escuchaba rumores cercanos, pero a ninguno conseguía atribuirles un origen concreto ni ponerles nombre. Algo que parecía chirridos, un fragor como un ulular de no sabía el qué, un trino agudo, un bisbiseo intermitente que le hacía ponerse en guardia de modo instintivo, pasos cautelosos de animales grandes… Se preguntó si debía sentir frío o calor. ¿Pero qué era calor o frío? Los intensos escalofríos de su costado no podía identificarlos ni la piel de gallina. Logró reconocer la composición de su lecho, tierra húmeda. Y en seguida acudieron a su mente imágenes inconcretas, como planos de color castaño que caían en cascada desde un infinito abstracto y le parecía que esa extraña realidad que la envolvía iba y venía en un espacio vacío, infinito. Tierra era una palabra que le martillaba las sienes, aunque no conseguía componer una imagen mental de lo que era a pesar del torbellino que se producía en su imaginación. Podía establecer que existían rocas, algo muy duro y hostil; y limo, el fermento húmedo en que todo se basaba. Tierra era, por lo tanto, algo muy grande e importante. Tierra. Tal vez ella era tierra. “Húmeda” era una sensación antes que una palabra. Sus costados y espalda estaban siendo penetrados por esa palabra incómoda y nada hospitalaria. Debía abrir los ojos. Los ojos. ¿Qué eran los ojos y para qué debía abrirlos? En el instante que se hizo esa pregunta, aparecieron luces en su pensamiento estupefacto; candelarias que parecían arrastrar rumores de alegría entreverados con ayes de dolor.
Corría cerca un tumultuoso torrente de agua; lo dedujo por el ruido. Ese sonido produjo en su mente una sensación dolorosa al principio, como si cuchillos deformes de hielo cayeran en tropel sobre su corazón. No sabía lo que era el agua ni, mucho menos, un torrente, pero en su cabeza se dibujó el blanco transparente y espumoso, burbujeante, que corría pendiente abajo entres cantos rodados que brillaban mucho, y helechos y flores que se apartaban para no ser arrastrados.
Su pensamiento iba llenándose de de imágenes sin sentido, cuyos nombres acudían espontáneamente, aunque ni las unas ni los otros parecían encajar con nada que creyera saber. Carecía de conciencia alguna de ser, no conseguía poner nombre a esa masa desparramada en el suelo a través de la cual percibía impresiones de frío y dureza.
Comenzó a ocurrir algo que produjo en su pecho sensaciones muy agoreras, mientras sus vellos se erizaban; temió que definitivamente iba a llegar la muerte, aunque sólo le produjera espanto y no supiera lo que podría ser. Sobre el sonido del torrente en movimiento, sonaba un rumor de voces que fue acercándose. Su mente dibujó para lo ojos de su conciencia la figura de dos seres extraños; algo le dijo que eran como ella aunque fuesen distintos; eran dos hombres y de su propia raza, que usaban palabras que habían bailado alguna vez en su pensamiento. Aunque no todas ellas:
-¿Qué vamos a hacer si la construcción sigue adelante? –preguntó una voz cantarina de hombre, una voz que se parecía mucho a otras que había conocido en su vida pasada, aunque no recordaba dónde ni cómo. A pesar del oscurecimiento del recuerdo, su mente dibujó la figura de un hombre grácil que tocaba un instrumento musical al tiempo que cantaba. Una voz extraordinariamente armónica, como el trino de aquellos animalitos alados, pero le produjo angustia a pesar de su armonía. Había entendido perfectamente la pregunta, aunque algunos sonidos le resultasen desconocidos.
Antes del que el otro respondiera, en la imaginación de la mujer yacente creció un universo compuesto de rectángulos negros y sangre, que se elevó rápidamente hacia una luz cegadora encima de algo que parecía estar suspendido en el cielo. Los duendes del aire estaban construyendo una fortaleza oscura donde la noche se condensaba.
-Hemos de impedir que sigan –respondió una voz muy profunda.
Parecía proceder de un terremoto, como si el hombre tuviese en su garganta un oso enfurecido en medio de un seísmo y, a pesar de ello, se trataba de un sonido muy agradable que inspiraba confianza y paz. La pastosidad formidable de esa voz golpeó en la mente femenina como un océano de lana muy suave, que fue envolviéndola cálidamente.
-¿De qué modo? –preguntó la dulce/agria voz cantarina.
-No lo sé, pero lo impediré, ya verás, Bacher.
La voz de éste era el sonido humano más bello del mundo. Sin embargo, lo que dijo a continuación produjo un estremecimiento helado tras los ojos cerrados de la mujer:
-Necesitarías todo el clan para ayudarte, y no puedes olvidar que todos temen demasiado a casi todo.
-A veces creo que no me conoces, Bacher. Me basto. Recuerda que yo soy Lour, el hijo de la Luna.
Luna. Ella había visto la Luna. No supo lo que era pero del fondo de su mente fue emergiendo una luz poblada de ondinas y valquirias, que encandilaba al tiempo que estremecía.
-No me permites olvidarlo –respondió Bacher-. Sin embargo…
Las dos voces se distanciaron de la mujer yacente, que no pudo oír el final de la frase del llamado Bacher, un sujeto cuya hermosísisma voz le producía un efecto muy indeseable, pues el vello se le erizaba y le temblaba la espalda. Se fueron alejando los dos sin queella hubiera podido llamarles la atención Y con los hombres, se fue el empeño de su pensamiento por entregarle formas que eran incomprensibles del todo. Trataba de abrir los ojos, aunque nada en su mente le informaba de qué eran los ojos ni le preparaba para lo que podría contemplar. Sus esfuerzos resultaron inútiles durante un buen rato, pero por fin comenzó a ver poco a poco una borrosidad brillante y cambiante. Eran como bandas de colores fríos alternadas con el brillo de algo cegador.
Pero no era capaz de discernir lo que era real de lo que su imaginación dibujaba. Entre luces y sombras, había multitudes de seres sin rostro que sonreían unos, y otros, lloraban y gemían.
Eran bandas que no podían dibujarse en el mundo real. Ni tampoco en el reino de los muertos. Eran otra cosa, un atisbo del futuro, una premonición que no sabía interpretar ni alejar de sí.
Cuando más espléndido parecía ser lo que estaba a punto de enfocar la mirada de su pensamiento, más dolor sentía en la mirada verdadera y tuvo que cerrar los ojos apresuradamente. Angustiada y triste, trató de mover su cuerpo en la tierra húmeda, de manera que su cara quedase protegida del hiriente resplandor. No lo consiguió.

2
La mujer apretó los párpados una vez más para que el intenso resplandor momentáneo no le hiriese los ojos. Mas había mucha luz intentando abrirse paso a través de los cristales de sus ojos. Por un rayo fulgurante que incidió dolorosamente en su mente, supo sin vacilación que se llamaba Brigit. Las letras de ese nombre se juntaron en su cabeza igual que el badajo a la campana, produciendo un estruendo. ¿Qué hacía en ese lugar, quién era, adónde iba, qué le había sucedido?

En realidad, se trataba de una palabra –Brigit- tan confusa y carente de significado como las demás, pero supo sin ninguna duda que todos en su clan le habían llamado así toda su vida. Pero ¿qué era su vida, dónde había transcurrido, cuánto tiempo y quiénes eran los que todos los días le habían llamado Brigit?
Olía deliciosamente. Su mente dibujó una flor blanca muy grande, con forma de campánula, pero mayor. Tenía que estar muy cerca.
De improviso, cayó de nuevo sobre su imaginación un torrente de imágenes imprecisas que aun sin poder identificarlas le producían sentimientos perturbadores. Algo le agarrotaba los riñones y la nuca, como un monstruo viscoso que se enroscara a ella, pero no conseguía comprender ni qué le ocurría ni en qué pensaba. Porque en su mente todo era un caos. Luminoso, fulgurante, pero caos. El perfume era de color amatista y los pétalos blancos parecían duendes de la Luna.
Relacionó la flor con una mano fina pero fuerte que comprendió que era la suya. Tenía manos, aunque no supiera con exactitud cuántas; lo importante era que podía aferrar cosas. Por ejemplo, esa flor de perfume tan intenso, que en determinadas circunstancias podía marear. Además de manos, tenía otras extremidades muy diferentes, que las llamaban pies, y mediante las cuales podía, si se lo proponía, llegar hasta la flor y arrancarla para adornarse con ella el pelo. El pelo. Acudía a su mente antes la palabra que la imagen de lo que era. Pero la asociaba con cascadas de agua, con velos para el pudor, cortinajes agitados por el viento y unos animales muy altos que podían llevarla encima.
Los sonidos se estaban multiplicando. No eran agradables ni desagradables, pero eran muchos y aunque por sí mismos no le producían resquemor ni molestia, la confusión sí llegaba a perturbarla.
Poco a poco y sin comprenderlo ni superficialmente, Brigit fue tomando lentamente conciencia de que era un ser vivo. Vivo aunque no del todo, porque estaba tendida en el suelo y no era dueña de sí. No conseguía mover ninguna parte de eso que acudía a su imaginación bajo la denominación de “cuerpo”. Ignoraba por qué se había tendido ni quién era, ni por qué se encontraba en ese proceloso bosque donde nada sonaba ni olía familiar. Iba identificando los rumores y olores, pero todos tenían matices distintos de lo que podía considerar de su propiedad y cambiaban como el arco iris al instante siguiente. ¿Distintos de qué? ¿Qué sería el arco iris? No conseguía representarse alguna cosa que pudiera afirmar rotundamente que era suya. Empezaba a saber nombrar, pero todo ello de manera desordenada y sin poder relacionar ninguna palabra con ella misma, salvo su nombre.
En su deambular por las cercanías, los dos hombres debían de estar trazando círculos más o menos alrededor de la zarza que la ocultaba, porque de nuevo escuchó el rumor de sus voces. Le espantó notar que algunas de sus palabras ocasionaban sensaciones muy dolorosas en su mente: simultáneamente y asociadas con tales palabras, se derramaba sobre su imaginación una cascada de formas desconcertantes, hirientes, temibles. Además de las menciones de esa fortaleza que tanto les preocupaba, hablaban de otras acechanzas que les producían aún más espanto. Según los dos hombres, que estaban de acuerdo en ello aunque en todo lo demás discreparan, había un ser que patrocinaba o influía en todas sus preocupaciones, un ser al que denominaban Magog y al que aseguraban que nadie había visto nunca; la formidable y temible fortaleza en construcción, la desaparición casi cotidiana de niños desde hacía varios años, las sombras nocturnas cuando desfilaban por el aire los innombrables y desaparecían hasta las estrellas, la duquesa de una castillo sobre la que el bosque entero hablaba con terror y en voz baja… El nombre era Magog, casi el mismo del dios de Naturaleza, pero pronunciado con ges muy sonoras y sin la reverencia debida a un dios. El tal Magog era alguien que parecía tan poderoso, que se permitía no tomar en cuenta el poder del druida ni el de los ejércitos cristianos. Decían los dos hombres que habitaba una isla negra en el espacio y que sus ojos vigilaban atentos cuando acontecía en el bosque a sus pies.
-Nuestras desventuras no se alivian, sino que aumentan, Lour.
-¿Sugieres que yo me desentiendo?
-Lo que yo digo –recitó Bacher con solemnidad y voz algo ríspida-. y lo que también dicen todos en el clan, es que los dioses celtas se acobardan frente a Magog. Para hacerle frente, necesitaríamos otra sangre, otra sabiduría.
-Ya. Y tú consideras que esa sangre distinta y esa sabiduría son las tuyas –reprochó sombríamente Lour.
La mujer tendida en el suelo notó que se producía una pausa muy incómoda, ya que durante unos momentos no oyó nada, aunque estaba segura de que ellos no se habían alejado porque creía escuchar el alboroto de la sangre alterada del tal Lour. Finalmente, sonó tensa la voz de Barcher:
-Te equivocas, druida, a pesar del toque de la madre Dana y de la bendición de los dioses. Yo no pretendería jamás sustituirte… en esta misión. Pero el sentido común y la lógica indican que si todo ha sido inútil hasta ahora, tendríamos que cambiar la manera y los medios de abordar nuestras acechanzas. Si Magog desprecia y aplasta cuanto sabemos y cuanto podemos, hay que pensar que sólo algo o alguien muy diferente podrían lograrlo.
Secundando la voz de Barcher, como un eco, sonó el desagradable graznido de un cuervo.
A Brigit le pareció que Lour había echado a correr y que Bacher le seguía. Transcurrió mucho rato sin nuevas voces, de modo que su cuerpo tendido se relajó y la arrebató un sueño breve.
3
Medio sol más tarde, Brigit oyó acercarse de nuevo el mismo rumor entre los algodones de un duermevela que no consiguió discernir si era sueño o materia. Los dos hombres parecían aproximarse otra vez, hablando con exaltación. Discutían. El de la bella voz armónica era muy sentencioso. El otro, con su tono tan profundo, parecía hablar desde el fondo de un órgano de las catedrales cristianas. Como las otras veces que les había escuchado, al principio Brigit no les entendía del todo, pero poco a poco conseguía distinguir la mayoría de las frases literales además del sentido general, aunque el acento y ciertas palabras le eran difíciles o imposibles de comprender:
-Tus temores son tan agoreros, Bacher –decía Lour-, que encogen mi corazón. Para ti, que eres el hombre que mejor conoce la historia y las peripecias de los celtas de este bosque, parece que amenazara nuestra extinción. ¿Ves algún signo de los dioses que te mueva al pesimismo? ¿Has consultado a una sibila?
La última palabra le produjo a Brigit una extraña especie de convulsión. Toda la fuerza de su corazón no bastó para indicarle un porqué. La palabra resonó en las circunvoluciones de su memoria como si fuese el badajo de una campana de plata.
-No he visto signos ni he consultado a sibila alguna, Lour. No hace falta recurrir a tan definitivo magisterio. Basta con escuchar los clamores que recorren el bosque. Todos reconocen tu fuerza, tu sabiduría, el aprovechamiento que hiciste de tu iniciación ante tu abuelo, pero el clan no ha padecido grandes convulsiones durante el tiempo que llevas de druida, el mismo que hace que tu abuelo murió; carecemos de experiencia. Además, como nunca te has puesto la piel de un oso, muchos ancianos aseguran que no puedes tardar en morir… Ya has cumplido treinta y cuatro soles y tu hijo….
De pronto, todos los sonidos del bosque se detuvieron. Brigit pudo percibir el suspiro de Lour, pero no fue capaz de discernir si lo emitía por impaciencia o dolor.
-Y además de que tu druidazgo ha resultado bastante mediocre en general, tu hijo no da muestras de estar dotado siquiera para seguir tus pasos. –continuó Bacher-. Dicen que ha creado un jardín en la espesura más oscura del bosque, un lugar que nadie sabe encontrar, pero que cuentan que es el sitio con más colores del mundo, como el arco iris, como si el propio Karnum le regalase poderes especiales. Además, murmuran que les dice poemas a las flores…
-Tú también lo haces, Bacher –repuso el druida.
-Pero es una de mis funciones en el clan –afirmó el bardo con aspereza- Tu hijo no me ha pedidoel maestrazgo para esa clase de cosas. A ver qué pretenderá…
-Olvidas que sólo tiene catorce años, Bacher. Un hijo de Lour, el hijo de la Luna, hará honor a su estirpe cuando madure y supere esa etapa enfermiza de la juventud. .
-Cuando madure… -se burló Bacher-. ¿Tendrá tiempo de madurar mientras permanezcas con vida? Y además… ¿Has olvidado de lo que tú eras capaz a los catorce años?
Lour giró un poco la cabeza para examinar el rostro de su bardo, pero apartó en seguida los ojos, porque no era capaz de contemplar el rostro más de unos instantes. Bacher disponía de palabras en su cabeza y de pensamientos en su corazón que él no sabía interpretar. Su expresión en esos momentos escudriñaba un futuro del que él estaba excluido. Y su hijo. Desechó el pensamiento. Segíún las costumbres más antiguas, en los propósitos del bardo no podía haber culpables malquerencias para su druida y el hijo bienamado de éste. A pesar del deseo de no dejarse abatir por malas premoniciones, el druida sintió un escalofrío aunque deseaba creer que nada en Bacher era temible. La voz del bardo sonaba como la música más deliciosa del bosque y la belleza de su rostro había sido cantada en todas las riberas del gran río y, al parecer, era legendaria en toda Europa. A pesar de todo ello, sabía que mucha gente en el clan y en todo el Bosque Negro compartía los escalofríos y la incapacidad de mirarlo frente a frente.
Lour nunca había consentido en dar pábulo a ciertos rumores que musitaban entre sí varias de las comadres del clan, algunas de las más viejas y sabias, sobre todo porque se comunicaban entre ellas secreteando y porque lo que describían no podía ser verdad. Según ellas, Bacher era el bienamado de Magog y a veces éste se lo llevaba consigo a recorrer las nubes y las estrellas. Mediante tales viajes, el bardo obtenía información fidedigna de las vidas y maldades de todos en el bosque y de ahí las facultades prodigiosas de adivinación que se le atribuían.
Pero Lour insistía en negar todo eso porque no era capaz de creer nada; ni Magog existía realmente ni Bacher, a quien conocía desde niño, podía ser tan sórdido y rastrero. Cierto que en una ocasión le había preguntado algo muy desasosegante: “¿Por qué anoche regaste inútilmente vida seis veces?”. En aquel instante, Lour sintió que un rayo iba a fulminarlo, porque, efectivamente, había derramado sus esencias seis veces la noche anterior, puesto que no había conseguido compañera para compartir su cama. Pero en seguida examinó el rostro del bardo, donde vio una sonrisa cálida y una expresión luminosa de complicidad y afecto, complicidad y afecto que ambos hubieran debido profesarse toda la vida, desde que adquirieron junto s los conocimientos que les convertirían en druida y bardo.
-De todos modos –continuó Bacher-, aunque tu hijo Sigmund, que ha perdido en el pasado demasiado tiempo, quisiera recuperarlo, tendríamos que esperar demasiado. Es ahora cuando nos enfrentamos a los problemas. Que no son sólo que el duque Renato construya esa fortaleza tan poderosa, porque quiere dominar efectivamente todas estas tierras que son nuestras desde el origen de la vida. No podemos olvidar a los niños incontables que desaparecen de todos los clanes del bosque, ni lo que rumorean que hacen con ellos. Con catorce años, tu hijo Sigmund no está libre de que lo secuestren también.
Escuchando sin desearlo ese diálogo, de nuevo poderosas imágenes se introducían en tropel en la mente de Brigit. Entre la niebla de su propio pensamiento, veía el contorno siniestro de una fortaleza negra, recortada contra un cielo rojo de infierno. Y ríos de sangre inocente de niños que corrían por una escalera de piedra. Todo ello, acompañado de un tropel de cosas incomprensibles, como una escalera de planos agitados por fuerzas más poderosas que las de la Naturaleza. Y una explosión de partículas oscuras rompía los vínculos con los dioses Lugh y Dana, mientras que el que debería protegerla en esos momentos, Karnum, yacía, indiferente y desatento, con una doncella virgen en un lago de lapislázuli lleno de cisnes negros. Notó que se echaba a sudar muy copiosamente, mientras contemplaba a un muchacho cuyo hermoso cuerpo desnudo era cercenado en dos por una guadaña portada por un monstruo que levitaba; no supo por qué, pero le asaltó la certeza que el monstruo era el Magog que tanto temían los hombres llamados Bacher y Lour. Se estremeció y deseó con fervor que la imagen desapareciera, pero no podía cerrar los ojos porque ya los tenía cerrados.
Magog. No era la primera vez que escuchaba el nombre, estaba segura aunque no pudiera determinar dónde lo había oído. El sonido de la palabra le hacía evocar tinieblas que se interponían entre el bosque y la Luna, unas tinieblas que parecían vivas, pobladas de espíritus amenazadores y gemidos de celtas atormentados. Magog. Un nombre que no podía ser pronunciado sin espanto. No le era posible identificar el bosque ni la fecha, pero le parecía que la imagen era tan vívida que no tenía más remedio que haberla visto alguna vez: un tropel de espíritus oscuros e irreconocibles recorría las copas de los árboles acechando el paso de celtas incautos. De vez en cuando, descendían como una cascada putrefacta entre el follaje y el tronco, y la persona inadvertida desaparecía. No era que se la llevasen o la mataran; sencillamente, se desmaterializaba en el relente de la noche húmeda y oscura. Varios días más tarde, encontraban su cadáver en estado de putrefacción y convertido en una amasijo informe que incineraban, pero en la siguiente luna llena, resurgía por unas horas de su tumba como uno de los numerosos no-muertos que deambulaban por el bosque entre el cuarto creciente y el cuarto menguante, buscando doncellas vírgenes de las que alimentarse.
Los dos hombres seguían hablando. Supuso que podía oírlos todavía porque ellos se habían detenido junto al tronco de un roble vecino. Le producía gran extrañeza que todavía no la hubieran visto.
-Él ha heredado de mí la fiereza de un oso.
-Desvarías, Lour –se burló Bacher-. Sigmund es un blandengue jardinero-poeta, en quien no podemos confiar para el futuro; y por tu parte, nunca te has cubierto bajo la piel de un oso ni con el brillo la de la gloria.
Brigit advirtió que el otro, el de la voz profunda, emitía un bufido. Vio dentro de su mente que el robusto hombre con formas de titán se volvía rojo como la rabia de un lobo celoso y se convertía en un volcán en plena explosión.
-Creo, Bacher, que tiendes a olvidar quién soy. Puesto que crecimos juntos y nos amamos desde niños, yo suelo perdonar tus insolencias, pero algún día puedes encontrarme con el ánimo menos dispuesto. Yo tengo el aliento de un oso en mi cuerpo y mi espíritu, la madre Dana me tocó en la adolescencia y mi hijo será digno de mí.
4
Brigit entendía la conversación del todo, aunque muchas palabras le resultasen confusas y borrosas como un atardecer bajo la niebla. En realidad, había expresiones que no las entendía en absoluto; conseguía seguir la línea general de la conversación sólo por asociación de ideas y por el sentido general de las frases. Era capaz de detectar la preocupación intensa que ambos hombres compartían, aunque de un modo diferente, porque uno temía y el otro se empeñaba en alentar el temor. Inesperadamente, acudieron a su cabeza de nuevo imágenes que no supo interpretar ni comprender qué las producía, y le causaron agarrotamiento en los hombros y sudores: uno de esos hombres hablaba mentiras y se disponía a traicionar al otro en cuanto tuviese oportunidad. Ese hombre, invocaba a Magog todas las noches para que le ayudase en sus ambiciones. Se preguntó cuál de ellos podía ser y qué era lo que ambicionaba. Como cada vez que su pensamiento expresaba una pregunta, se materializaban cosas imposibles. Lo que veían los ojos de su pensamiento no procedía de este mundo ni se parecía a nada que hubiera podido ver nunca. Eran planos incoloros que se plegaban los unos sobre los otros o se deslizaban, cayendo estrepitosamente en un vacío cósmico entre tinieblas; al mismo tiempo, los músculos de su espalda se agarrotaban, la nuca se le volvía rígida como una espada y sus brazos pesaban igual que una montaña de mineral de hierro.
Y, además –dijo Barcher-, tenemos que pasarnos la vida protegiéndolos de los no-muertos a los que Magog da aliento para salir de sus tumbas a sojuzgar a las doncellas. Todos en el clan añoran el magisterio fuerte y resuelto de tu abuelo…
Brigit supo que la mención de un viejo druida, venerable y blanco como la nieve, abuelo del druida, Lous había sido uno de los hombres más sabios de Europa. En su imaginación, ese hombre blanco y etéreo se alzó sobre el sol y derramó una copiosa lluvia de estrellas sobre el amanecer. Sin abrir los ojos, ella notó que los dos hombres medían sus respectivas fuerzas para un enfrentamiento terrible que habría de producirse pronto.
Ellos estaban muy, muy cerca. Quiso llamar su atención, hacerse notar, pero dado el agarrotamiento de su cuerpo no imaginaba cómo podría hacer eso. Notó que algo en su garganta pugnaba por emerger, pero sintió al mismo tiempo que si lo hacía podría atragantarse y hasta ahogarse. Renacieron multiplicadas las dudas y preguntas sobre lo incomprensible e indescifrable que todo era. ¿Por qué estaba tendida? ¿Por qué no podía moverse? ¿Qué obturaba su garganta? Escuchó que la conversación se reanudaba. Los hombres estaban a sólo dos o tres pasos de distancia.
-En realidad, no creo que pueda decirse tampoco que tú seas un verdadero oso…
Brigit escuchó ahora con mucha claridad el bufido furioso del llamado Lour.
-Bacher, ten mucho cuidado con lo que dices.
Brigit notó que la frase, pronunciada en voz baja y con tono más bien neutro, transportaba una tormenta de granizo negro, como partículas de carbón que se encendían a medio camino como si quisieran abrasar al bardo.
-Hablo de hechos, Lou –dijo al fin Barcher.r. Eres fuerte y poderoso, todos alaban tus prodigiosas cualidades, pero tú y yo sabemos que jamás has vencido a un oso.
¿Reproche o simple recordatorio? Brigit no fue capaz de determinarlo, pero las tormentosas ráfagas de granizo negro siguieron soplando en la misma dirección; estaba convencida de que el sabio bardo tenía que verlas o, al menos, presentirlas, pero advirtió con sorpresa que no las temía. En el fondo de algunas de las inflexiones de su voz, descubría el convencimiento absoluto de ser invencible, de tener mejores y más poderosas armas que el druida al que decía servir.

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Siguió un pesado silencio en el que podían presentirse toda clase de malos presagios. En ningún momento había sido el tono o el acento del druida amenazador. Eran, en realidad, los matices y expresiones del propio Barcher los que sugería lo podía estar bullendo en el corazón del otro. Finalmente, Lour, con voz gutural, respondió al reproche de no haber cubierto una de las condiciones que la costumbre más que la ley exigía a cualquier hombre que quisiera ser consagrado druida, cubrirse con la piel de un oso que él mismo hubiera matado. Con rabia contenida, dijo:
-No ha sido mi voluntad la que lo ha evitado, ni mi corazón el que se ha rendido. Nunca he conseguido enfrentarme a ninguno porque huyen en mi presencia.
Bacher rió quedo, pero de un modo siniestro.
-Siempre hablas de eso, Lour, pero nadie lo ha visto. Yo te respeto y soy bardo para servir tu magisterio de druida, y debería someterme a tu visión de las cosas, pero la propia naturaleza de los hechos me obliga a dudar y ser escéptico. Cuando en el clan mencionan ese poder tuyo, siempre callo, porque lo que aprendimos tú y yo nos obliga a dudar y no aceptar con ingenua credulidad lo que todos tienden a magnificar.
Los dos hombres callaron, pero Brigit no oyó sus pasos al alejarse; por lo tanto, consideró que continuaban en el mismo sitio, parados y callados. Inesperadamente, su cabeza se llenó de nuevo de imágenes que no podía expulsar; un cuerpo negro, enorme, era abierto en canal con una espada corta; a continuación, los ojos de su imaginación se nublaron.
Los dos hombres reanudaron la conversación.
-¿Quieres decir que no me crees? -la voz del druida Lour estaba repleta de reproches y un furor muy enérgico que, evidentemente, reprimía..
Siguió un silencio agorero, durante el que Brigit creyó poder visualizar mentalmente la expresión irónica del bardo Bacher.
-Ven conmigo –ordenó Lour imperiosamente.
Brigit no vio que el druida aferraba el brazo de su bardo y lo forzaba a correr apresuradamente colina arriba.
5
Lour y Bacher se alejaron de la mujer desvanecida, sin percatarse ni remotamente de su presencia, aunque ambos habían estado a punto de pisarla. Pero lo que discutían era muy apasionante, demasiado como para que su mente se ocupara de otros asuntos.
Lour sentía la rabia propia de las grandes ocasiones, que iba creciendo conforme subían la boscosa colina, porque, a su lado, el bardo no conseguía disimular la ironía de su mueca.
El druida empujó con aspereza al bardo con dirección al lugar donde la gente del clan había avistado un oso por última vez. Al tiempo que aferraba con fuerza el brazo de Bacher para obligarlo a remontar la pendiente deprisa, los dioses que gobernaban su memoria revivieron para los ojos de su mente una antigua escena:
El nementone del clan se hallaba adornado con la mayor cantidad de flores y muérdago que hubiera visto jamás, y todos vestían ropajes vistosos y ricos. En el centro, junto a la muy decorada piedra del ara, permanecían con expresión seria los miembros más viejos de su familia y él mismo, un niño de unos doce años. El druida Brank iba a consagrarlo como aprendiz de druida, pero el neófito Lour opinaba que estaba, en realidad, exhibiendo jactanciosamente sus poderes y dones. Los brazos de Brank, apoyados sobre los hombros de su nieto adolescente, en pose hierática, eran anchos y sinuosos como troncos de pinos silvestres. Al tiempo que tensaba los brazos, sus labios componían un rictus que pretendía ser una sonrisa pero, en realidad, lo que se apreciaba era una mueca de desprecio hacia la debilidad de todos los demás hombres.
Aquel instante en que sus ojos no se apartaron de la sonrisa displicente de Brank, había sido crucial en la vida de Lour. Decidió que no sólo superaría la sinuosidad de los músculos de su abuelo y su fuerza, sino que conseguiría hacer que el clan fuese mucho más feliz de lo que Brank lo había hecho durante su magisterio de druida.
Años más tarde, tras haber completado su larga iniciación y el penoso viaje de aprendizaje, fue consagrado druida sin oposición y a partir de entonces su clan se dedicó mucho menos a la guerra y más a tratar de ser feliz. Habían llevado una existencia plácida hasta el año anterior, cuando todas las fuerzas oscuras parecieron haberse puesto de acuerdo para spbrecogerlos.
Lo que nunca había sucedido en los primeros trece años que ejerciera como druida consagrado, estaba sucediendo últimamente: algunos de los miembros más destacados del clan contradecían sus decisiones, y era Bacher quien más lo hacía; Lour advertía con más desconcierto que enojo la complacencia del bardo en tales contradicciones.
Se fueron alejando de la mujer tendida en el suelo, y Bacher y Lour prosiguieron el camino sin parar de discutir. La vehemencia del druida chocaba con la aparente lógica de la frialdad de bardo. Lour notaba que sus bíceps se hinchaban, las ventanillas de su nariz se dilataban y su corazón latía aceleradamente. Presintió que la química de su cuerpo no necesitaría ningún elixir para desbocarse y a lo mejor sería capaz de levitar, como los malditos servidores de Magog. Trató de contenerse, porque temía que todo eso le impulsara a echarse sobre Bacher para romperle no sólo la nariz y el mentón, sino su sarcástico escepticismo.
La belleza del bardo era una de sus armas, tal vez la principal. Hacía años que el druida lo advertía en todas las ceremonias. Los miembros del clan, sobre todo las mujeres, permanecían más pendientes del bardo y su voz que del druida que presidía los ritos. Debía confesarse a sí mismo que al principio sentía algo parecido a los celos, pero llegó a convencerse de que el envoltorio físico de Bacher solamente era una hermosa cubierta para disimular la magnitud de sus defectos. Ahora lo veía de reojo, aparentemente sereno, sin que exteriorizase el esfuerzo de la subida, y podía intuir con claridad cuáles eran sus pensamientos. Evidentemente, suponía que el druida iba a amagar sin golpear, lo cual había ocurrido ya varias veces. Pero Lour decidió que no sería así.
Hoy lo haría.
Brigit notó que algo se deslizaba por su costado, aunque no sólo era incapaz de identificar qué producía el roce, sino que la sensación era leve y remota, como ocurrida en un sueño. Pero el roce, acompañado de un leve ruido bisbiseante, le repugnó y le produjo un escalofrío. Su cuerpo, automáticamente y sin la intervención de su voluntad, se movió ligeramente para apartarse del objeto. Por varios cambios muy leves en la intensidad de la luz y las cosas pequeñas que la rodeaban cerca de sus ojos, Brigit notó que había quedado fuera de la protección de la zarza que anteriormente la ocultaba del todo. Temió que aún quedase por delante mucha luz del día, como para que cualquier bestia pudiera localizarla. ¿Una bestia? ¿Qué era una bestia y qué mal podía hacerle?

Tras varias discusiones, después de varias ironías y sarcasmos del bardo y a punto de perder la paciencia el druida, Lour y Bacher se internan en áreas inexploradas. Descubren un pequeño venero que no conocían y siguen su curso hacia arriba, mientras la espesura va volviéndose cada vez más procelosa. Cuando hablan de regresar, porque disminuye la luz, está haciéndose muy tarde, y surge un gigantesco oso en su camino.
Muy asustado, Bacher intenta recular, dispuesto a huir.
Lour aferra su brazo y le obliga a permanecer.
-Karnun ha escuchado tus sarcasmos, Bacher. Él nos manda ese monstruo.
Era el oso más grande que ninguno de los dos hubiera visto jamás. Curiosamente, no parecía agresivo. No gruñía ni levantaba las zarpas, pero su postura era de clara disposición a no dejarle seguir el camino.


No paraban de discutir. En realidad, al druida no le gustaban las discusiones; era un hombre de acción, a quien todo lo teórico le resultaba muy difícil de manejar. El bardo lo sabía, pues lo conocía desde niño. No comprendía cómo Lour había podido ser consagrado druida, pues aunque sus conocimientos eran suficientes y muy profundos, todo en él hacía pensar en un guerrero o un saltimbanqui, porque no le gustaba disertar ni teorizar sobre nada y en cambio no paraba de moverse, emprender iniciativas, proponer cambios y mejoras para el poblado, inventar nuevos elixires y otras empresas que hacían que nunca se le pudiera ver en reposo. Era verdad que parecía haber sido tocado tanto por la madre Dana como por el padre Lugh, puesto que sus facultades se manifestaban de modos muchas veces inexplicables, como en la escena del oso. Aunque solía negárselo a sí mismo, estaba convencido de haber presenciado levitaciones, desmaterializaciones y ubicuidad en él. En tales ocasiones, Bacher se llenaba de espanto, sobre todo porque no podía confesarse sus propios pensamientos. Jamás había oído hablar de alguien más contradictorio y desconcertante que Lour, a quien le gustaba llamarse “hijo de la Luna”.
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