viernes, 30 de abril de 2010

Capítulo XIX DESPUÉS DE LA DESBANDÁ


XIX
Joaquín no recordaba haber despertado nunca con tan amargo sabor de boca. Creía que la misma pesadilla le había martirizado toda la noche, pero no conseguía recordar los detalles. Sangre y polvo era cuanto acudía a su memoria.
Su primer impulso fue correr a la playa del Chafarino, pero anticipaba lo que el anciano comentaría sobre Viky y continuaba sintiendo gran rechazo ante la idea de oír que la denominaba “prostituta”; pero necesitaba hablar de su hermana Inma y no tenía a nadie más. Dudó un buen rato, mientras sus pies se empeñaban en tomar el tranvía y correr hacia la playa de La Isla. Para resistirse, entró en un café de marineros de la Alameda. En vez de desayunar, bebió cuatro vasos de agua, mientras trataba de ensordecer para los angustiosos comentarios emergidos del runrún mañanero. “Mis niños se están muriendo de hambre”. “Chis, amigo calla, que te van a oír, y ya sabes cómo se las gastan éstos”. “Ahora dicen que Alemania va a invadir toa Europa”. “Como hizo Italia hace pocos años, en Abisinia”. “Po a ver si nos tenemos que meter otra vez en guerras, con las hambres que estamos pasando”.
Quini y sus socios le habían repetido numerosas veces que tenía que darse prisa en ganar medallas, porque podían volver a meterlo en la mili en cuanto los militares descubrieran que había desertado de la Legión al comienzo de la guerra. Siempre había interpretado tales comentarios como argucias para vencer su resistencia a boxear. De todas maneras, ¿qué más daba? Si lo llamaban a filas otra vez, ojalá se muriera, porque su vida ya no era vida aunque hubiera ganado un campeonato de boxeo.
Todavía deambuló un buen rato, de la entrada del puerto al parque y de Gibralfaro a la catedral. Evitaba las callejuelas, muchas de las cuales seguían taponadas por los escombros. Los derrumbes chamuscados continuaban dominando el paisaje de la ciudad, a pesar de los dos años transcurridos.
Los dioses del Chafarino debían de haberle hipnotizado, porque se sorprendió a sí mismo sentado en el tranvía que lo llevaría cerca de la playa. Llegaron a su nariz aromas entremezclados de de caña, salitre marino y plantaciones de algodón de la Industria Malagueña. Olores cotidianos de una realidad catapultada fuera de lo real. Fue como despertar de un sueño al recibir un mazazo en la sien. Había sido testigo de primera fila de los interminables bombardeos caídos sobre Málaga durante siete meses de resistencia, pero todavía le estremecían los escombros chamuscados por doquier, mirase hacia donde mirase, a pesar del tiempo transcurrido. De no haber presenciado tantas explosiones e incendios, ahora no reconocería muchas de las calles que veía desde el tranvía. Más de doscientos bombardeos exterminadores habían caído sobre la ciudad, sin contar los obuses incontables llegados de la mar las semanas anteriores a la invasión. Decían que ninguna otra ciudad había sufrido un martirio parecido y que Franco había declarado que “tenemos que borrar de la faz de la tierra a esa ciudad enemiga”. Involuntariamente, se santiguó; en lo tocante a su propia familia, lo había hecho: los había exterminado, su hermana Inma inclusive, porque vivir loca y prostituta no era vivir. ¿Qué podía decir al Chafarino, si ni siquiera contaba con un plan de rescate de Inma?
-A lo mejor sólo es una que se le parece mucho -dijo el Chafarino después de palparle todo el cuerpo, para “ver” su nuevo aspecto.
-Mi amigo Fali hizo comentarios que me convencieron más todavía.
-Pero tú no estás ciento por ciento seguro.
Joaquín escrutó dentro de sí. Evocó la expresión recelosa de la que cara que se volvió hacia él en la calle Beatas. No tenía duda de que era ella.
-Pondría la mano en el fuego.
-Entonces, tienes que planificarlo muy requetebién antes de ir allí como un ciclón. Pide ayuda a tus compañeros del gimnasio o… Tendrías que hablar con Mani.
-Ayer pasó a mi lado en el coche y me miró por la ventanilla como si tal cosa; por mi salud que se dio cuenta de quién yo era y ni me saludó.
-¿Estás seguro?
-Claro. ¿Cómo va a pasar a un metro de mí sin reconocerme?
-¿Ya llevabas puesto este traje?
Joaquín titubeó.
-…Sí.
-Entonces, no pongas la mano en ningún fuego, porque saldrías chamuscado. Hace mucho más de dos años que no habéis hablado y ni sueña que puedas tener esta pinta de chico pera.
-Pero leerá el periódico, como to los señoritos. Tiene que haberse enterao de lo del campeonato.
-Yo no lo juraría, Joaquín. Podría no leer el periódico habitualmente, podría no haberlo leído ayer o podría haber pasado la página donde estaba esa información porque no le interese el boxeo. Vete a saber. Tienes muchos motivos para tratar de recuperar esa amistad, que tan esencial fue para los dos, pero ahora tienes el motivo del rescate de tu hermana, si es que al final resulta que es ella de verdad.
Joaquín desvió los ojos hacia el mar, liso como el cristal. Para no estropear el traje sentándose en la arena como de costumbre, había sacado una silla del chamizo y miraba al Chafarino un poco desde arriba, ya que el anciano remendaba las redes sentado en un pequeño taburete.
-A veces llego casi a decidirme a ir en busca del Mani, cogerlo de la solapa y decirle “aquí estoy”. Pero siempre me acobardo. No sé lo que podría llegar a hacerle si me desprecia.
El Chafarino sonrió enigmáticamente.
-No le harías nada, Joaquín. Sé muy bien que no eres capaz de tocarle ni un pelo. Ni él te despreciaría.
-Ah, ¿No? Entonces, ¿qué significa lo de ayer?
El Chafarino se encogió de hombros. El Templao estaba obcecado; no podía discutir con él. Si quería convencerlo, debía dar un rodeo.
-¿Qué plan tienes para esta noche, con respecto a esa que crees que es tu hermana?
-Mi amigo Fali me ha ofrecío negociar en mi nombre con la que sea su jefa; pero si no diera resultao, la sacaré de allí a la fuerza.
El Chafarino fingió abstraerse en su labor y calló durante una larga pausa. Revivió en su mente cuando el Templao, diez hermanos suyos y su madre permanecieron refugiados en su chamizo, y el día que desapareció por haberse alistado en la Legión. El hombre sentado a dos metros de distancia era un ser muy particular y poseía grandes virtudes, lo que no velaba nada su condición de impulsivo y primario. Acababa de emprender un camino que podía solucionar su vida, proporcionarle una existencia cómoda, pero no había comenzado a plantearse ni remotamente la necesidad de cuidar ese camino; despreciaba la cautela y no era capaz de pensar en sacar provecho de una relación de amistad. Generoso, valiente, desprendido, honrado y vehemente, pero muy inconsciente.
-Escucha, Joaquín. Si no has hecho planes sobre cómo rescatarla, habrás pensado por lo menos en un plan de vida para tu hermana. De momento vives en una pensión, que no creo que sea el colmo de la comodidad. No tienes casa donde cobijarla. Además, si todo te fuera bien, quizá tengas que viajar mucho por combates. ¿Cómo y con quién viviría tu hermana?
Joaquín bajó la cabeza. El Chafarino tenía razón.
-Supongo que el Quini…
-¿El Quini, Joaquín? ¿Aquel quinqui que ahora ronda los callejones oscuros de los vicios remunerados de los nuevos poderosos?
Joaquín enrojeció al responder que sí.
El Chafarino volvió a callar unos minutos. Al rato, pareció que hacía un gran esfuerzo para decir:
-¿Esperas solidaridad y desprendimiento de ese menda, Joaquín? ¿De Quini? Es una esperanza inútil. No sólo por su pasado, sino por la personalidad mayoritaria de los malagueños. Nos creemos que somos muy solidarios porque practicamos la solidaridad a distancia, como aquella vez que se colectaron más de cien mil pesetas para ayudar por las inundaciones de Sevilla. Pero aquí sólo se conoce esa clase de solidaridad, la de los problemas distantes, los que no se ven directamente. Si un malagueño viera a su vecino babeando y muriéndose de hambre a la puerta de su casa, pensaría “que se joda” y no haría nada. Tu amigo Quini, ése que ahora quiere hacerse millonario a tu costa, no movería un dedo por ti si te viera pobre e incapacitado. Por otra parte, el mundo de la prostitución es muy peligroso, Joaquín.
-Entonces, ¿qué puedo hacer?
El Chafarino sonrió.
-Yo me preguntaría por las personas que sí que estarían dispuestas a comprometerse por mí.

El Templao se cubrió los ojos con las manos. Si quería salvar a su hermana Inma, no tenía más remedio que ir a hablar con Mani.
En cuanto bajó del tranvía, corrió a tomar el de la Caleta en la Acera de la Marina. Le pareció una eternidad lo que tardó en llegar a la casona de doña Elena la de los barcos. Ante la verja completamente restaurada y repintada, se palpó la ropa. No había un cristal en cuyo reflejo mirarse, pero consideró que el traje le proporcionaba buena presencia y la camisa no estaba muy sucia. Se tiró de las mangas de la chaqueta para tapar los puños un poco deshilachados y palpó las mejillas; tenía un par de esparadrapos cubriendo sendas magulladuras del combate del domingo anterior. La de la izquierda recordaba que era medianamente importante, pero no la derecha. Le pareció que ésta había cicatrizado, por lo que arrancó el esparadrapo correspondiente; pero notó inmediatamente brotar sangre de esa herida, un pequeño hilillo que resbaló, manchando el cuello de la camisa. Decidió que no podía llamar a la puerta con ese aspecto, pero vio que la hermosa cristalera emplomada se abría y una sirvienta le hacía señas de que entrara.
Asombrado, echó a andar con vacilación. Descubrió que había alguien tras una persiana veneciana entreabierta y recordó que Mani le había comentado que doña Elena se pasaba la vida en el gabinete, sentada en una mecedora, cotilleando y mirando por la ventana; llamaba a la servidumbre con una campanilla de plata. No le cabían dudas, ella lo había visto y le mandaba llamar; algo tramaba. Sin embargo, trató de comportarse a su modo:
-Querría hablar con don Manuel…
-Lo siento -respondió la sirvienta-, se fue temprano a los muelles. Pero doña Elena me manda llamarlo a usted.
Sin dudar que él acataría la orden de su poderosa jefa, y sin parar su relato, la criada le precedía ya por un salón muy lujoso, parándose ante la primera puerta a la izquierda.
-Doña Elena –dijo entreabriendo la lujosa madera lacada en blanco-. Aquí está el señor…
-Dile que entre.
Joaquín no la había visto nunca con ese aspecto. Sólo con ropa de calle muy formal o en La Goleta, llena de vendas y heriditas de la sarna. Ahora vestía una bata de satén color azafrán, rematada de volantes en los bordes, que le caían en cascada desde el cuello al pecho. Parecía haber rejuvenecido veinte años. Seguramente le ponían algo en el pelo para disimular sus canas y estaba maquillada como una artista.
-Buenos días, Joaquín. Me he enterado de lo tuyo.
El Templao sonrió, pero comenzaba a barruntar dificultades.
-Me alegro por ti. ¿Vienes a ver a Manuel?
-...Sí.
-Pero tengo entendido que no os habéis vuelvo a ver desde aquéllo…
-Es verdad. No ha habío oportunidad.
-¿Y por qué vienes ahora, por sorpresa?
-Necesito hablar con él.
-¿Y por qué tan de repente? Después de lo que ganaste el domingo, no pienso que necesites pedirle trabajo…
-¡No, qué va!
-¿Te das cuenta de cuál es ahora su posición?
-Sí. Claro. Se le ve mucho en el puerto y tó el mundo habla.
-Y, viéndolo constantemente, nunca te has acercado a él. ¿Te das cuenta? Sin que nadie te lo diga, tú mismo caíste en la cuenta de que ya nunca podrán ser las cosas entre vosotros como antes. Eres listo. Él esta destinado a… bueno, ya lo sabes. Y tiene que mirar con lupa con quién se relaciona, ¿lo comprendes?
Joaquín enrojeció. Ni siquiera sintió rabia ni humillación. Él mismo había pensado lo mismo infinidad de veces: a Mani no le convenía que lo relacionaran con él. Bajó el mentón hacia el pecho con ganas de llorar.
-Tiene usted razón, señora. Quédese usted con dios.
Le temblaban débilmente las piernas mientras atravesaba el jardín, pero se negó a trastabillar.
Sentado en el tranvía, Joaquín contempló la exuberancia floral del estallido del verano con un incómodo sentimiento de extrañeza. Había recorrido ese paisaje la primera vez que mantuvo una conversación larga con Mani, el muchacho prodigioso que se había convertido en su hermano y que ahora le había sido vedado por la vida.
Las flores del paraíso, hibiscos, celindros, glicinas, madreselvas, jazmines, rosas, clavellinas, claveles y muchas otras muy raras formaban una extraña mezcla, una especie de catálogo mundial de las flores más hermosas. El Limonar, la Caleta y los múltiples kilómetros del prolongado paseo eran un mundo aparte, adonde no alcanzaban las miserias por las que Málaga estaba pasando. En el asiento de delante, dos mujeres comentaban que casi nadie estaba preparando júas. Una sombra más en la tristeza que dominaba la ciudad, al menos la ciudad que él conocía. Al parecer, los militares que mandaban no querían que el pueblo si divirtiera con ironías sobre el poder, pero las brevas sí habían llegado a su cita con puntualidad.
No sentía frustración ni rencor por el fracaso de la visita a la mansión de la Caleta; doña Elena tenía razón, no debía perturbar la vida ni el futuro de Mani, pero él continuaba sin resolver el problema de cómo ofrecer una vida cómoda a su hermana Inma cuando pudiera rescatarla.
Sentía un vacío helado cuando se apeó del tranvía en la Acera de la Marina. Deambuló por el dédalo de callejuelas en ruinas sin tener claro qué hacer ni a dónde ir. Faltaba mucho para el almuerzo y bastante más para ir a la calle Beatas, en busca de Inma. Sin proponérselo y como un sonámbulo, se encontró a la puerta de la sastrería donde trabajaba Fali, pero contuvo sus ganas de entrar porque no quería que el sastre permitiese a Fali a salir antes de su hora por ser él quién era. Además, en el fondo, todavía sentía reparos porque la gente pudiera sacar conclusiones erróneas de su relación con un hombre cuya virilidad podía estar en entredicho.
Sin embargo, esperó. A la una y cuarto, Fali salió canturreando “Don Triquitraque” entre dientes.
-¡Vaya, Joaquín! ¿Qué haces aquí?
-¿Te hace un pedro?
-Claro.

Fali conocía a fondo la biografía reciente del Templao. En el primer momento, atribuyó la visita al aburrimiento que debía sentir al no tener que trabajar en el puerto, pero a continuación recordó el plan de rescatar a su hermana. Aunque ni él lo supiera, la impaciencia había conducido sus pasos.
-¿Cuáles son tus planes pa esta noche?
Sin mencionarlo, Joaquín entendió a qué se refería.
-Sea quien sea quien mande allí, ni aunque fuera el lucero del alba, a mí no me van a impedir llevarme a mi hermana. Por éstas.
Fali asintió a su propio pensamiento. No iba a conseguir disuadirlo, porque ambos habían descartado la idea de negociar con la madame.
-¿Vas a ir solo, Joaquín?
-Me basto y me sobro.
Fali volvió a asentir en silencio.
-Pos mira tú, aunque yo no sirva pa una mierda en una pelea, iré contigo.
Joaquín lo miró con gratitud, pero con la firme determinación de no aceptar el ofrecimiento. Después de tomar unos vinos con él, pretextaría ir a orinar y le daría de lado.
Tomaron tantos tragos y comieron tantos búzanos y camarones, que Joaquín perdió las ganas de almorzar y volvió a la pensión para echar una siesta. Durmió casi toda la tarde, despertando cuando aflojó el calor. Dudó si encaminarse al gimnasio en busca de sosiego, pero temió rendirse al impulso de contar al Tetúo lo que iba a hacer, lo que ocasionaría una discusión o que su entrenador se empeñara en acompañarlo, con lo que correría un riesgo muy peligroso para un padre de familia. Él no tenía a nadie en el mundo, nada más que esa hermana que necesitaba rescatar.
De nuevo sintió el impulso de ir a hablar con el Chafarino. Ahora no pensó en el agravio de oír llamar “prostituta” a Viky; en lugar de ello, se preguntó qué podía hacer el anciano ciego, sino hablarle de dioses míticos o de Mani. Poseidón no saldría del agua para acompañarle a rescatar a Inma y Mani le estaba vedado.
Le sobraba un buen rato hasta que hubiera movimiento en la calle Beatas, por lo que dio un rodeo; al pasar ante la fachada principal de la catedral, sintió en los hombros el peso de la escena espantosa que había presenciado dentro, en compañía de Mani, cuando buscaban afanosamente a Inma ttas su primera escapada. El húmedo y viscoso purgatorio de ancianos moribundos y niños muertos. Entró sin apenas proponérselo; aún había en los muros restos de las humaredas de las fogatas encendidas por los miles de refugiados que hubo en el interior, pero habían limpiado ya las cristaleras. Los últimos resplandores del atardecer, casi horizontales, encendían una explosión sideral en los ventanales situados a su espalda. Se volvió hacia los haces multicolores de luz, murmurando una súplica a la cara encendida de Cristo; que no lograran impedirle rescatar y redimir a su hermana; no sabía que, cuatro años antes, Mani había rogado a la misma imagen encontrarlo a él después de que hubiera herido a Serafín, el hijo del barbero.
Precisamente, fue Serafín el primer rostro conocido con que se cruzó tras abandonar la catedral. Le pareció que se reproducía la escena de aquella noche de la quema de júas de 1934, cuando Serafín intentó matarlo y Mani le salvó la vida; Serafín vestía igual que aquella noche y también iba acompaño de varios camaradas uniformados. Las diferencias eran pocas; todos eran algo mayores, insultaban a la gente más modesta con quienes se cruzaban y su descaro era más jactancioso aun.
Hasta ese instante, no había vuelto a pensar en el joven que tan determinante había sido en sus peripecias y en las dificultades compartidas con Mani durante cinco años. De pronto, sintió mucho miedo. Su foto y la victoria habían aparecido en el periódico. No le cabía duda de que Serafín desearía vengarse por el testículo que él le había arrancado; como ahora la situación política le favorecía, si llegaba a darse cuenta de quién era el que anunciaban como el “Acero Templado”, querría arrollarlo.
Se esforzó por sacudirse el nuevo miedo, porque en ese momento necesitaba de toda su entereza; ya había oscurecido y podía emprender su misión.
Se encaminó hacia la calle Beatas; sin darse cuenta, se alzó las solapas como si ellas pudieran embozarle. Temía mucho más al Serafín y sus camaradas que dejaba atrás que lo que le esperaba en el lenocinio.